AFRICAENCINE

Para los amantes del cine y la cultura africana…

“The Spirit of Friendship. Entre dos aguas/ Pakati Pemugungwa”. Exposición de artistas de Zimbabwe en la Fundación Gabarrón (Nueva York).

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Pilar Fuentes Ferragut, embajadora de España en Harare, fallecía en un accidente de tráfico el pasado mes de abril cuando se encontraba de vacaciones en la costa de Namibia. Desde que tomara posesión de su cargo en noviembre de 2008, una de las tareas a las que se venía consagrando con dedicación fue la promoción del arte y de los artistas contemporáneos de Zimbabwe. Sus labores diplomáticas le permitían acceso y comunicación privilegiada con los artistas, pero serían su innato amor al arte y la valoración del trabajo de sus creadores las verdaderas razones que la convertirían en una figura de referencia dentro del ambiente artístico de la capital. Tras darse a conocer la noticia de su muerte, voces destacadas de la política y la cultura del país lamentaron su desaparición. La cantante Hope Masike, toda una eminencia nacional, manifestó: “Es una gran pérdida. Era una de las diplomáticas con más clase en Zimbabwe. Siempre había apoyado a los artistas locales. Ha sido una terrible, inesperada e inoportuna noticia”. The Spirit of Friendship. Entre dos aguas/Pakati Pemagungwa -la primera exposición monográfica de 11 artistas contemporáneos de Zimbabwe en los EE.UU-, surge como homenaje a su extensa trayectoria profesional en la diplomacia internacional, así como a su esfuerzo por establecer vínculos entre España y Zimbabwe conectando a personas de culturas y procedencias diversas a través del lenguaje universal del arte.

Inaugurada el pasado 6 de diciembre en la sede que la vallisoletana Fundación Gabarrón mantiene en Nueva York y organizada por esta institución en colaboración con la Embajada de España en Harare y la National Gallery de Zimbabwe, la muestra había sido presentada a inicios de año en la Galería Nacional de Bulawayo y en el Museo Fundación Cristóbal Gabarrón en Valladolid. La propuesta continúa la tendencia de afianzamiento y creación de relaciones culturales, humanas, artísticas y económicas entre España y África en un escenario internacional. Su carácter pionero y aperturista queda de manifiesto al ser la primera vez en la historia que se presenta al público neoyorquino, ducho en el mundillo de galerías, museos y eventos artísticos varios, una exposición monográfica de obras pictóricas contemporáneas de Zimbabwe. Su valor, en este sentido, es incuestionable. En lo referente a su nacimiento y planificación es, en cambio, heredera del status quo que, a mediados del siglo pasado, se creó entre patronos occidentales y (en menor número) autóctonos con los artistas locales. Todavía hoy, para que un artista africano sea reconocido fuera de las fronteras del continente ha de “ser descubierto” por curadores de renombre, instituciones públicas o/y firmas privadas con asesores en el mercado del arte internacional. Son estos patronos los que siguen marcando las modas del gusto, aunque se objetará: ¿acaso es esta situación diferente a la otros países emergentes o del llamado Tercer Mundo? El retraso frente a Latinoamérica, Asia u Oceanía es notable, si exceptuamos el Norte de África, la Sudáfrica post-apartheid y algunos casos aislados con Senegal, Kenya y Nigeria a la cabeza. En los últimos años venimos observando una mayor autonomía de curadores y artistas africanos, favorecida por las ferias de arte internacional, los museos estatales y las galerías de arte sitas en las rugientes metrópolis que recubren de norte a sur todo el territorio. Paralelamente a esta creciente independencia de los canales habituales de producción y distribución del arte, se advierte una experimentación en formas, materiales y estilos. ¿Ha sabido recoger esta tendencia la exposición The Spirit of Friendship. Entre dos aguas? ¿Cuál es su valor en el mapa del arte contemporáneo más allá de su constatado carácter pionero con relación a la visibilización del arte de Zimbabwe en Europa y los EE.UU.? Para responder con mayor precisión a estar preguntas nos hemos de detener en las obras, en su proceso de selección y en el propio espacio expositivo.

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El jurado que seleccionó a los 11 artistas reunidos estaba compuesto por expertos historiadores, artistas, diplomáticos, curadores y museólogos con fuerte representación española; aspecto justificado por las instituciones organizadoras.  Sin embargo, tanto la selección inicial de las obras como la organización final se deben al saber hacer de Cliford Zulu, curador de la National Gallery de Zimbabwe. La colaboración con este experto local fue fructífera se observa en las 21 pinturas que se exponen. Pertenecientes a un grupo de mujeres y hombres que -con la sola excepción del curtido John Kotzé (1956)- rondan la treintena, se trata de una generación joven y experimentadora, formada en el continente y conocedora de las corrientes de producción artística internacionales desde sus años de formación. Este estar en contacto es visible en unos lienzos que investigan con la técnica del collage a través del uso de periódicos (Wallen Mapondera, 1985), imperdibles y materiales típicamente locales como las telas estampadas (Tracy Ann Strydom, 1986), las semillas y el serrín (Stephen Garan’anga, 1975). A pesar de esta enumeración de materiales “encontrados”, éstos aparecen generalmente como apoyo a composiciones figurativas realizadas predominantemente en óleo, acrílico y acuarela; materiales tradicionales para el arte moderno y contemporáneo. Como la amistad y el encuentro son los hilos que guían la exposición, grupos de personas y paisajes urbanos (nodos de contacto social) son los temas dominantes. Conociendo la variedad de materiales y técnicas con las que se experimenta en la actualidad desde otras latitudes, no queda muy claro si la similitud de las obras se debe a una decisión del jurado para que temática y formalmente mantuvieran cierta sintonía o si estamos ante una tendencia generalizada en Zimbabwe. Por desgracia, del escaso material que acompañaba la exposición no se puede deducir apenas nada, ya que éste se limitaba a unas cartelas realizadas sin especial cuidado.

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Misheck Masamvu (1980), artista invitado a la Bienal de Venecia 2011 y uno de los pintores contemporáneos del país con más recorrido internacional, es el encargado de darnos la bienvenida a la muestra. Su cuadro al óleo Pakati es uno de los más notables del conjunto junto a Watch my back and I watch tours y With Love, del citado Wallen Mapondera. En Pakati, manchas de vivaces colores rayando en la abstracción componen una figura medio hombre medio animal. En un ejercicio de revisión histórica de los grandes maestros, Pakati recuerda los lienzos de las bailarinas del impresionista Degas mientras nos fuerza a revisitar la Suite Vollard (1930-1937) de Picasso. Esta serie de 100 grabados es, si es posible establecer jerarquías en la producción del valenciano, uno de sus trabajos más conseguidos. En ella reflexiona el polifacético artista sobre el proceso creativo en su taller escultórico de la mano de su modelo y del mediterráneo minotauro, medio hombre, medio toro. La identificación entre el minotauro y el pintor, con sus cambios de humor y su valor mitológico es recuperado por Masamvu, añadiéndole nuevas interpretaciones al nutrirse de todo el significado ritual asociado a las máscaras africanas. Haciéndolo, Misheck Masamvu se sitúa en línea de continuidad con los grandes maestros de las artes plásticas sin renunciar a servirse de las tradiciones de su propio contexto productivo. Ofrece así, como efecto, complejas lecturas de sus obras aptas tanto para iniciados como para quienes simplemente pretendan dejarse llevar por el atractivo de los contrastados tonos cálidos, aplicados con maestría en fuertes pinceladas.

El resto de artistas exponen dos cuadros, formados de dos en dos, en las tres paredes de la sala rectangular de la Fundación Gabarrón. Entre ellos sobresale la sutil pareja de tablas, muy del estilo del suizo Paul Klee, de Tafadzwa Gwetai (1981). La superficie brillante resinosa, los colores dorados y las líneas que juegan para devolvernos un rostro y unas formas geométricas reducidas a sus componentes mínimos prometen un futuro brillante a la pintora, igual que a Charles Bhebe (1979), Freddy Tauro (1979), Stephen Garan’anga (1975) y Owen Maseko (1975) por su habilidad a la hora de tratar aspectos sociales, económicos y sociales contemporáneos como el amor, la emigración, la movilización ciudadana o el papel del artista, entre otros, a través del arte. Con estilos completamente diferentes, se hecha a faltar la intensidad que destila la obra de Masamwu en el resto de las composiciones, aunque el resultado final del conjunto es de gran interés.

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A mi juicio, son cuestionables e innecesarios los residuos de una África atemporal y “auténtica”, ligada a  un pretendido estado de naturaleza, amigable y acogedor, que destilan el título y la imagen de presentación: The Spirit of Friendship. Entre dos aguas y una pareja de cebras en actitud amistosa. Esta humanidad por descubrir en el continente deriva de los programas de cooperación y ayuda al desarrollo, en los cuales subyace el peligro del paternalismo. Cuando se prepara una exposición de este calibre, y a pesar de que la reciente muerte de la embajadora haya sido su motivación principal, se ha de tener especial cuidado en no caer en la trampa de repetir lugares comunes sobre África y su arte. Por ello, aunque la elección del título The Spirit of Friendship tiene una gran carga emocional y evocadora, no se nos escapa que en el fondo remite a un primitivismo innato y espiritual, separado del presente y poco adecuado para transmitir la calidad y variedad de las propuestas artísticas que la conforman. Del mismo modo, la ambigüedad del enunciado Entre dos aguas, si bien nos ubica geográficamente en ese espacio de tránsito entre continentes, culturas y personas, llama una vez más a nuestra memoria retiniana imágenes dramáticas de emigración y acciones humanitarias, como si éstas fuesen las únicas realidades que somos capaces de evocar al pensar África. En similar tendencia de significación incierta y sin compromiso se encuentra la decisión de tomar el lienzo Brothers de Belinda Marshall (1972) como póster de presentación. Este cuadro de pequeñas dimensiones realizado al óleo muestra la parte superior de dos cebras en cariñosa interacción. El cuadro, realizado en un estilo hiperrealista evocando las habituales imágenes fotográficas que inundan las publicaciones de National Geographic y un sinfín de páginas webs de variado signo, se quedan en un bello ejercicio de habilidad técnica mimética sin poco más que ofrecer. La referencia a dos continentes a través del blanco y el negro de las rayas de los animales, como queriendo decir: “todos somos iguales, independientemente del color” es más propio del discurso caduco de Benetton que de una galería. A ellos se añade la referencia expresa y dolorosa al turismo de safaris que no merece mayor comentario. Este cuadro, sin una pizca de ironía o autorreflexión, se alza como estandarte de toda la exposición, haciéndole flaco favor a un conjunto de obras y autores capaces de hacernos reflexionar sobre los sugestivos derroteros de la producción artística actual en Zimbabwe. Mucho más apropiado hubiese sido seleccionar otro cuadro, sin cargar tanto las tintas en la fraternidad o en componentes raciales y nativistas. Esta imagen que sirve como trasfondo del título, es incapaz de comunicarnos un África del siglo XXI de múltiples vértices e identidades complejas; un África en donde mujeres y hombres están inmersos en el movimiento contemporáneo global, formados en tradiciones locales y foráneas, y parte de un planeta en el que la información se encuentra en flujo constante gracias a las nuevas tecnologías. Los artistas aquí reunidos viven en su mayor parte en ciudades que poco o nada tienen que ver con una supuesta africanidad rural originaria y “pura” en contacto directo con la naturaleza. Sus obras son, por el contrario, manifestaciones individuales que buscan expresarse artísticamente para hacernos reflexionar sobre su contexto y su individualidad urbana y postcolonial. Tan variados son los aspectos culturales, sociales, económicos e íntimos de los que se ocupan, que la simplificación analítica es una labor imposible y dañina si pretendemos desarrollar una crítica de trasfondo ético. En esta etapa en la que África mira soñadora al futuro, actuaciones que prolongan una relación jerárquica entre Occidente y otras áreas geográficas están afortunadamente dando sus últimos coletazos. Como suele acontecer, las pinturas y los artistas de esta exposición, y no tanto las instituciones que la sostienen, se revelan y adelantan al discurso monolítico de los que dictan las modas artísticas, hablándonos de otras realidades y subjetividades que, sin el arte, no podríamos siquiera arañar…

La exposición se puede visitar desde el pasado 6 de enero hasta el 22 de febrero del año entrante en la sede que la Fundación Gabarrón en Nueva York. Para más información y para tener documentación gráfica de las obras citadas, consultar la página de la fundación y su catálogo.

*Artículo publicado el 13/12/2012 en el periódico GuinGuinBali (www.guinguinbali.com).

*Artículo publicado el 20/12/2012 en el periódico Rebelión (www.rebelion.org).

Beatriz Leal Riesco

Philadelphia (12/11/2012)

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