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LAS VOCES ANÓNIMAS Y EL PAPEL DEL CRÍTICO

Cuando el siglo XXI era todavía una realidad incierta, la vida resultaba más sencilla para el analista cultural. Hemos caminado un buen trecho del siglo que ha visto la mayor revolución tecnológica de la historia y, con seguridad, albergará una de las más profundas reestructuraciones socioeconómicas mundiales. Han regresado los tiempos convulsos teñidos por el sabor agrio de la inquietud y la excitación de la revuelta. La agitación ciudadana ha pasado de acto de protesta a forma de existencia, aunando a hombres y mujeres más allá de su procedencia, raza, creencia o ideología. Las plazas y los patios, las cooperativas y las casas ocupadas, los centros culturales y las asociaciones vecinales, son espacios que favorecen y sostienen un debate que será largo. Las voces no tienen nombre, y si lo tienen, permítase el sarcasmo, se les ha detraído el aura de la jet. Estamos ante una situación única en la creación del discurso: democrático, apartado de las élites, libre en su expresividad y comprometido, fuertemente implicado con su entorno y los problemas globales. Hemos de darnos cuenta de su poder y del tiempo con el que contamos antes de que aquellos que detentan el poder económico y político den con las herramientas de control adecuadas para detener la marcha de este presente tecnológico y liberado. Las redes sociales y las nuevas tecnologías, inicialmente fruto de un desarrollo consumista desaforado y sostenido por angustiosas desigualdades entre los países ricos y los pobres, han logrado equiparar de manera extraordinaria las posibilidades creativas del ser humano independientemente de su lugar de residencia o de su pertenencia a una clase social favorecida.

Es cierto, cada vez se paga más en las subastas de arte por obras clásicas y contemporáneas, pero las razones son cada vez menos de base artística y más de fundamento económico. En el hipotético (¿?) caso de que el euro caiga, lo harán detrás tantas otras divisas siendo únicamente el oro y las obras de arte los que se libren de la quema. De ahí que antiguos coleccionistas privados se peleen con neófitos de las economía emergentes y con galerías por otra versión del Grito de Munch, mientras los museos escarban en sus fondos con la esperanza de hallar un Tiziano o una versión desconocida de Leonardo que atraiga a hordas de visitantes extasiados. Los precios que hemos visto en la última edición de Christie’s han sorprendido incluso a los más creyentes del dogma de la soberanía del objeto artístico como inversión de status presente y futuro líquido.

El turismo cultural mantuvo en la época de vacas gordas a una Institución Arte empeñada en fundar museos temáticos en cada todos los rincones de Occidente, tarea continuada hoy por los países emergentes, fieles devotos del crecimiento infinito y sus virtudes. Museos provinciales, regionales, estatales, locales… todos ellos se encuentran ahora en franca decadencia, sustituidos por eventos que se adaptan a las necesidades reales de la población con más flexibilidad, entre los que festivales musicales y cinematográficos llevan la delantera. Los subsidios y financiación pública desaparecen, y el sistema de donantes privados que adulan a Hacienda con sus obras sociales es una de las aplicaciones más abyectas de la caridad como legitimadora de la desigualdad entre seres humanos. La Institución Arte, incapaz de responder a las peticiones de una población que dedica mucho más tiempo a navegar por la red y conversar con sus amigos al respecto del último vídeo, la última película o el último bloguero descubierto la noche anterior, debe reestructurarse y escuchar las voces de esa mayoría agitada si pretende sobrevivir. Nos sobran exposiciones reaccionarias de pintores vanguardistas sin más valor que haber nacido en un momento histórico vanagloriados ad infinitum por historiadores y críticos; estamos cansados de ver retrospectivas de genios mil y una veces citados; nos sentimos estafados ante la obligación de asistir a muestras de grupos autoproclamados revolucionarios y engullidos por el mercado del arte sin contemplaciones; nos agotan las expresiones de radicalidad estereotipada que luchan por universales triviales sin calidad artística… y, sin embargo, seguimos acudiendo obligados a estar al día sobre las propuestas más contemporáneas. Así es como vivimos los analistas culturales y los críticos de arte; conscientes de que, hoy más que nunca gracias a la democratización en el acceso a los recursos históricos, a un aumento generalizado de la calidad de vida y de la población mundial, existe una explosión de creatividad y artistas. La comodidad de la que gozaban los analistas culturales se siente amenazada y cada vez más lejana cuando Internet permite que un artículo de autoría despreciable circule por la Red reuniendo a más lectores que la última crítica dominical del The New York Times. No se trata de una paradoja sino de la constatación de que los gustos y opiniones de la población están adquiriendo por fin la fuerza que directores de museos, teóricos de arte y empresarios culturales habían detentado durante siglos. El arte ha vuelto al lugar y a las manos de aquellos a los que se les había detraído: el pueblo. La libertad de expresión y producción, la posibilidad de circulación sin censura de las obras de arte; todo ello obliga a críticos e intelectuales a seguir muy de cerca los cambios que se están produciendo y darles el eco que merecen. Hace unos años había quien afirmaba, jactándose de la abundancia y obligado por el aburrimiento, que el fin del arte había llegado y que apenas quedaba lugar para el intelectual en nuestra sociedad. Más que nunca se hace evidente el engaño y la manipulación. Si ha llegado un fin es el de los patronos de la producción artística, diseminándose como la pólvora a todos los puntos del planeta. Sentimos, y no somos pocos, que nos tomasen por ilusos, aunque el resultado está de nuestro lado y son ellos los que están empezando a sufrir sus efectos. Por eso ahora y por mucho que algunos se empeñen, tenemos la obligación de luchar por un mundo liberado y artístico donde el lujo de dejarnos engañar es inadmisible. En esta lucha, intelectuales y críticos tenemos el deber, inevitable y solidario, de alzar nuestras voces…

Beatriz Leal Riesco

Philadelphia, 15/05/2012

*Artículo publicado el 16/05/2012 en el periódico Rebelión (www.rebelion.org).

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Un comentario el “LAS VOCES ANÓNIMAS Y EL PAPEL DEL CRÍTICO

  1. Paz
    mayo 16, 2012

    Excelente entrada, muy buena exposición.

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Esta entrada fue publicada en mayo 15, 2012 por en Arte, journalism y etiquetada con , , , , , , , .

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