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ÁFRICA PIDE AYUDA A HOLLYWOOD: Idris Elba y Forest Whitaker interpretarán a Nelson Mandela y Desmond Tutu

En las últimas semanas hemos tenido acceso a un par de llamativas noticias: Forest Whitaker e Idris Elba, dos de los actores negros mejor considerados en Hollywood en la actualidad y, sin duda, de los más versátiles y dotados de su generación, han sido llamados a África para encarnar a Desmond Tutu y Nelson Mandela, respectivamente.

La sorpresa nos llega desde varios flancos: ¿por qué seguir recurriendo a artistas de fuera del continente para interpretar a dos de los mayores luchadores por la libertad sudafricana? ¿será Idris Elba capaz de encajar su físico y presencia ante la cámara para componer un creíble Nelson Mandela? ¿cómo entender el salto de Whitaker, quien pasa de interpretar al dictador ugandés Idi Amin a encarnar al arzobispo y premio Nobel de la paz Desmond Tutu? Recordemos cómo Forest se había puesto a las órdenes del inglés Kevin Macdonald para interpretar a Idi Amin en The Last King of Scotland (2006), película que muestra de nuevo cómo Occidente (re)interpreta la historia africana y en la que, para volver atractiva la trama a una audiencia internacional, se recurrió a la mediación del amigo médico del tirano que atemorizó a Uganda en los 70. En esta metáfora de los planes de desarrollo occidentales y sus hijos bastardos, los dictadores africanos, la figura del doctor británico (interpretado por un jovencísimo James McAvoy) se imponía a la del dictador creando, por contraposición y a pesar de la soberbia actuación de Whitaker, un retrato en extremo caricaturesco del déspota. Se conseguía así relegar, una vez más, al (co)protagonista negro a un segundo plano. Con estrategias fílmicas como ésta, aparentemente inocuas, se mantiene un discurso homogeneizador y simplificado de la historia africana, en la que el autóctono siempre sale peor parado y se prolonga, al mismo tiempo, la asistencia de Occidente en las producciones artísticas africanas.

Los futuros biopics de Nelson Mandela y Desmond Tutu se integran en el proceso actual de reconstrucción de la identidad sudafricana. Frente a la cinta de Macdonald, no albergamos dudas de que Idris y Forest serán los protagonistas indiscutibles, pero ¿por qué se sigue recurriendo a actores internacionales en detrimento de artistas locales?

La respuesta a esta pregunta se encuentra en decisiones industriales, comerciales y gubernamentales, frente a las que la verosimilitud de un actor para dar vida a su personaje o la fidelidad histórica se vuelven aspectos accesorios. Desde la llegada de la democracia a Sudáfrica en 1994, el país ha apostado por el cine como arma de transformación democrática y crecimiento económico. Tal y como recogen la constitución de 1996 y su desarrollo legislativo, el cine ha de favorecer el multiculturalismo, la libertad de expresión y la transformación. En esta tarea de (re)definición de la identidad nacional la adopción de medidas para crear una industria cinematográfica competitiva a nivel internacional ha sido uno de los fines prioritarios del ejecutivo.

Como consecuencia, la industria cinematográfica sudafricana actual se puede dividir en dos: una industria que ofrece servicios a producciones extranjeras y una industria local. Hasta la fecha, Sudáfrica ha centrado muchos de sus esfuerzos en favorecer la industria de servicios enfatizando las coproducciones con Hollywood, a quienes atraen supliendo con técnicos, instrumentos y localizaciones de filmación barata. En similar tendencia y a causa de la división racial de la sociedad provocada por décadas de segregación del Apartheid, la audiencia sudafricana es predominantemente blanca y de clase media, siendo ésta la que acude a las multisalas de los centros comerciales, espacios que quedan fuera del alcance de la población negra. A pesar del abanico de actuaciones tomadas para llevar el cine a zonas rurales y agrupaciones de chabolas (Film Resource Unit, unidades móviles y creación de centros comerciales en los poblados de chabolas) sus efectos todavía no se han hecho notar. Por tanto, el objetivo final sigue siendo la audiencia blanca local y la internacional. Un ejemplo relativamente reciente de coproducción es Drum (2004) de Zola Maseko, caso paradigmático de negociación y sumisión a decisiones americanas. Como su meta principal era el ser competitiva a nivel internacional el contrato de coproducción impuso, entre otras cosas, el uso de actores americanos. En similar tendencia, en una país de la riqueza cultural de Sudáfrica, las películas se acaban filmando (Drum, Tsotsi) mayoritariamente en inglés en agravio de las lenguas locales; las historias se universalizan y simplifican perdiendo su empuje local y el artista sudafricano ve como pierdo control en el proceso creativo. Como consecuencia, se acaba estableciendo una relación de sumisión entre el extranjero y el local que impide su reconocimiento internacional.

Es aquí donde encajan sin fisuras Idris Elba y Forest Whitaker. Por supuesto, el inglés de madre ghanesa y padre de Sierra Leona y el afro-americano Forest Whitaker han aceptado agradecidos el honor de interpretar a Mandela y Tutu, dos figuras referenciales de la historia reciente sudafricana. Sus decisiones personales no plantean dudas: oportunidades como éstas no se repiten en demasía en la vida de un actor, profesión sometida al vaivén impredecible de la fama y el olvido. Ser el rostro, el gesto y la voz de Mandela y de Tutu, en las que serán sin duda películas de referencia tanto por sus logros como por sus errores, demuestran, por un lado, cómo el esfuerzo y la perseverancia en este difícil mundo del espectáculo han llevado a Elba y Whitaker a verse reconocidos por la crítica y el público internacional a pesar del color de su piel aunque, al mismo tiempo, dejan en evidencia una vez más los compromisos a los que han de llegar para verse representados en la gran pantalla. A la hora de construir la historia visual sudafricana se recurre no a artistas autóctonos sino a actores con dilatadas trayectorias profesionales a sus espaldas y del gusto del público mayoritario (Elba acaba de aparecer nada menos que en el blockbuster Ghost Rider: Spirit of Vengeance), lo que asegura una buena acogida y distribución comercial, aunque vaya en detrimento de la homogeneización en la construcción de la historia visual africana a través de la permanente asistencia de Occidente.

Cada vez que se abren nuevos mercados cinematográficos Hollywood se lanza a su conquista, desplegando una camaleónica capacidad de adaptación y negociación. En el caso sudafricano, el propio gobierno nacional ha optado por esta colaboración internacional como prioridad en el proceso de construcción de una industria cinematográfica nacional. Tras estos primeros pasos ¿podrá llegar a independizarse la joven industria sudafricana? Algunos afirmarán que la política nacional busca la autonomía a largo plazo y que estamos en una etapa incipiente, tras la cual se logrará una visibilidad y reconocimiento internacional de su sociedad multicultural. La vía de colaboración con la gran industria de Hollywood a través del productivo sistema del Star System sería temporal y acabaría convirtiéndose en secundario. Posteriormente llegaría la autonomía. Quizás funcione, pero en el siglo y medio de vida del cine la única estrategia que se ha confirmado realmente productiva es conseguir establecer una industria nacional propia, que favorezca la creación de infraestructuras estables, forme y emplee a actores y técnicos locales y conecte con el público local. Sólo así se logrará la autonomía real y la fidelidad en la representación de la historia propia, especialmente en una con tantas aristas como la sudafricana.

Beatriz Leal Riesco

Philadelphia (22/02/2012)

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Esta entrada fue publicada en febrero 22, 2012 por en Cine y etiquetada con , , , , , .

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