AFRICAENCINE

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CHICO Y RITA y THE ARTIST: pretendiendo ser lo que no son

En una lista de nominaciones a los Oscars carente de sorpresas se ha colado la película del tándem Fernando Trueba-Javier Mariscal, Chico y Rita (España, 2010). Sin dejarnos llevar por la emoción sobrecargada de halagos característica de la prensa nacional, el hecho de que la única nominación española a los premios de Hollywood por derecho propio haya recaído en esta ocasión en un largometraje de animación musical (coproducciones y bandas sonoras aparte, por muy preciadas que éstas sean) permite aventurar interesantes hipótesis acerca de los derroteros por los que podría transcurrir el panorama cinematográfico internacional en el futuro.

Cuando la línea conceptual que divide el cine experimental y el comercial se vuelve más y más difusa (Sundance como ejemplo prístino de ello), nos vemos asaltados por producciones llamadas alternativas que pretenden escapar de la etiqueta de mainstream. La facilidad de acceso a productos diversificados a través de Internet y la democratización favorecida por el formato digital en todo el planeta han sido motivos determinantes para la aparición de una ola de bien medida “experimentalidad”. Desde cinematografías diversas, este tipo de filmes sueñan con encontrar en el mercado cinematográfico internacional un espacio propio, alzándose como abanderados de la originalidad y el riesgo artísticos. De conseguir ser identificadas por público y críticos de este modo, la tajada en taquilla estaría asegurada, cumpliéndose el objetivo fijado por productores de recuperar con ganancias la inversión realizada, gracias al consumo de un producto que encuentra su lugar por su “diferencia” deseable.

Es ésta la línea de trabajo de Fernando Trueba, gran conocedor de su profesión y del cine como industria, el cual ha sabido hacerse con el aplauso internacional a través de los años, tal y como demuestra el Oscar otorgado a Belle Époque en 1992, así como la nominación en la sección documental a Calle 54 (2000) del mismo certamen. Un filme de época situado en la casi desconocida y liberal Segunda República Española (Belle Époque), y un documental musical sobre jazz latino (Calle 54) fueron experimentos dirigidos a un mercado bien estudiado, eliminando de este modo la posibilidad del fracaso aunque impidiendo, paradójicamente, que la creatividad artística aflorase. Con los ingredientes y el saber hacer propios de un artesano, Trueba consiguió el interés del público internacional, por lo que si estas películas pueden haber resultado en cierto modo arriesgadas a un observador no experimentado, al especialista se le muestran nadando cómodamente dentro de los parámetros de lo convencional. Ausencia de riesgo y originalidad aunque sí buen oficio al servirse de géneros y formatos de éxito probado: melodrama histórico coral de tintes cómicos y documental sobre músicos de prestigio, en este caso con el telón de fondo de la connivencia política occidental que se enfrenta de nuevo al régimen cubano a través de exiliados ilustres. Tras esta breve incursión en la forma que Trueba tiene de operar: ¿sorprende que el director haya decidido con Chico y Rita volver a la historia del jazz latino (estilo reconocido internacionalmente), y que haya situado buena parte de una historia que homenajea sin tapujos al cine clásico en la añorada Cuba pre-castrista y las bohemias Nueva York y París de principios de siglo? Sirviéndose de la cómoda distancia histórica que le ofrecen música y tema el cineasta toma siempre decisiones medidas y contrastadas, lo que le ha llevado en esta ocasión a emplear la animación, formato muy en boga (léase comercial) en la última década. Motivos diversos han llevado a su legitimación, entre los que sin duda hay que resaltar el impulso dado al 3D por la industria cinematográfica, como contraataque ante la estampida en el acceso a las salas a causa de un mayor consumo individual de los productos audiovisuales a través del ordenador personal o de la cinematográfica pantalla plana que no para de colonizar hogares.

Todavía en plena resaca de la nominación, una de las declaraciones más repetidas del director ha sido: “Ya se sabe que lo de los Oscar es una lotería, pero tiene mucho mérito que hayan premiado una película de animación independiente y para adultos como la nuestra”, y continuaba emocionado: “Es muy chulo, y también dice mucho a favor de los que la han premiado, porque han apostado por una película que no es parte de la industria y de la maquinaria, y es un riesgo”. ¿Lotería y apuesta? ¿con qué nos quedamos? No es por desmerecer el esfuerzo y el dinero de productores menores, pero afirmar que estamos ante un filme que no forma parte del sistema me parece, ahora sí, arriesgado. Embarcarse en realizar una película es siempre una apuesta por todos los aspectos que se han de tomar en consideración, pero los riesgos pueden ser sopesados bastante bien si el objetivo es funcionar en taquilla, y de esto sabe mucho Fernando Trueba. Si bien es cierto que hubo problemas para vender a distribuidores mayores la película en los USA, ya antes de conocer la noticia de que Chico y Rita competiría en el Kodak Theater, se había logrado pactar su distribución en el país por otros cauces. Sin duda, la participación en los Oscars hará que la película, que se estrena mañana en diversos cines estadounidenses, tenga mayor alcance del esperado hasta hace unos días. De mayor relevancia para provocar una buena acogida en California ha sido, sin lugar a dudas, el haber contado con Bebo Valdés y otros músicos de talla internacional como Freddy King Cole, Amadito Valdés, Jimmy Heath, Mike Mossman y Estrella Morente, entre otros. Por último pero no de manera exhaustiva, que la crítica de la influyente (aunque no progresista) Rotten Tomatoes haya sido de un 7’2 sobre 10 tampoco habrá pasado desapercibida para los miembros de la Academia, influidos por la opinión de reconocidos medios del gremio como cualquier otro ser humano.

Pasión, ritmo, estallido, sensualidad, vibración, intensidad; hipnótica y electrizante… son algunos de los términos que han venido repitiendo los críticos al acercarse a esta película musical, deshaciéndose en elogios gracias a la “novedad” de la animación de adultos (término más que dudoso, sin embargo) y a la permisividad del musical, género en veloz escalada gracias a espectáculos de Broadway, realities y series de televisión cuyo efecto ha sido la recuperación del mismo para la gran pantalla. Las palabras “tributo” y “homenaje” también se han oído sin tregua. Parémonos en ellas: ¿puede un homenaje ser creativo? Para lograr rendir merecido tributo al objeto que se desea ensalzar debe sin duda serlo, y no quedarse en recrear de manera edulcorada y simplista determinados hitos ligados al momento de producción del objeto, la persona o la época a rememorar. Si termina por caer en la mera repetición de lugares comunes, aceptados a través de una lectura falsificada y simplificada de la historia, el elogio se volverá caníbal o, en el mejor de los casos, utilizará para la propia satisfacción económica y egocéntrica elementos artísticos creados por otros, reapropiándose de ellos sin tapujos. Fernando Trueba loa al jazz latino clásico sirviéndose de los ingredientes tradicionales del melodrama musical tradicional. Hasta ahí sin problemas, salvo por pretender estar innovando cuando se sirve en realidad de una forma de manera conservadora, con la única y fingida novedad de la animación. Ésta es barroca y convencional, y no supone ningún reto para el espectador gracias a una paleta colorista que facilita la identificación de éste con un mundo figurativo al alcance de cualquiera, y en especial para aquellos que desconocen las innovaciones formales de la animación más vanguardista.

Con similar intención comercial y revisionista podemos situar a la francesa The Artist (Michel Hazanavizius, 2011), cinta que viene acaparando líneas, premios y críticas más que favorables en las últimas semanas. El director de esta película “muda en blanco y negro”, consciente de que la desmemoria cinematográfica juega a favor de una audiencia que disfruta dejándose sorprender, se ha zambullido de lleno en la tendencia actual a favor del revival de géneros con la connivencia de unos críticos hastiados por la repetición.

La experimentalidad o novedad (¿?) de The Artist residen en el recurso al blanco y negro y en las constricciones (¿?) que implica el realizar una cinta muda. Mudo, huelga repetir, no significa silente, y si alguien sufrió con la transición al sonoro fue la movilidad de la cámara, la cual perdió la agilidad que la caracterizaba, fatalidad largamente llorada por el genio Charles Chaplin. El lenguaje cinematográfico se topó desde entonces y durante décadas encorsetado dentro del imperio de la palabra y sus restricciones técnicas. La imagen, como resultado, se vio sometida al sonido producido por las cuerdas vocales del ser humano, provocando desde los talkies hasta la actualidad una limitación en la experimentalidad del aspecto sonoro del producto audiovisual. Si The Artist tiene algún interés más allá de la interpretación de su protagonista y el correctísimo producto final resultante, es el provocar la reflexión respecto al papel que la tiranía de la imagen ha jugado en la evolución del lenguaje cinematográfico, con la conclusión siguiente: es preciso experimentar de manera seria las posibilidades artísticas del audio en el cine.

Copiando desde el digital las maravillas del celuloide en su transición al sonoro y lejos de lecturas más profundas sobre una de las edades de oro de Hollywood como es Good morning Babilonia (1987) de los hermanos Taviani (este año presentan en la 62ª edición de la Berlinale Cesare deve morire), Hazanavizius ha sabido encumbrarse en un año pobre en propuestas. Esta afirmación de la pobreza creativa imperante es, sin embargo, únicamente válida si nos fiamos de los palmarés en los certámenes más internacionales porque si, por el contrario, recurrimos a otros espacios realmente alternativos, vemos que la producción audiovisual es vibrante; quede como ejemplo final el Festival de cine de Tánger que acaba de finalizar y donde se han podido ver obras de tal interés y calidad artística que harían enrojecer a los organizadores de eventos cinematográficos occidentales.

En fechas recientes, y gracias a una tecnología que favorece la aproximación lúdica al lenguaje cinematográfico, se está facilitando la diversificación de géneros y formatos, lo que ha provocado que producciones como las de Trueba y Hazanavizius se abran camino acompañadas del beneplácito de una crítica aburrida por la repetición. Para revisitar el musical en el siglo XXI no es suficiente con apoyarse en estilos populares del siglo pasado y hacerlo con la mínima variación visual que supone la animación figurativa más tradicional o el blanco y negro bien saturado. El resultado son productos conservadores e incapaces de enmascarar historias débiles y mil y una veces contadas, melodramas escapistas que no por ofrecérsenos con la pátina de una imagen estetizada dejan de ser lo que son: obras mediocres para consumo de un público desesperanzado que va cada vez menos al cine porque prefiere dedicar su tiempo a navegar por Internet o entregarse a la última serie que alguien ha sugerido online.

Todo esto sirva, cuanto menos, para pararse a reflexionar cuando nos traten de vender la última novedad de la temporada…

Beatriz Leal Riesco

Philadelphia (24/01/2012)

 

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Esta entrada fue publicada en enero 25, 2012 por en Cine, music y etiquetada con , , .

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