AFRICAENCINE

Para los amantes del cine y la cultura africana…

La gran mentira del cine contemporáneo: ¿los festivales de cine “independiente” como alternativa?

En la última década, España se ha unido al movimiento global de proliferación de Festivales de Cine de diversa índole, todos ellos con una premisa común: completar un vacío en la demanda de un determinado grupo de consumidores culturales que ni Internet ni otros medios tradicionales como el cine o la televisión habían conseguido colmar.

Si bien los reconocidos festivales la Mostra de Venecia, el Festival de Cine de Cannes y la Berlinale alcanzan este año su 68ª,  64ª y 61ª edición respectivamente, el “padre” de los certámenes de cine independiente, Sundance, creado por el mediático Robert Redford, viene celebrándose desde 1982 en la ciudad estadounidense de Park City (Utah). Mucho más joven, por tanto, y nacido con otra pretensión diferente, alejada de la promoción económica y mercantil de películas dirigidas al público mayoritario y con la intención de ampliar y conectar a los seres humanos. Según declaraciones de su Presidente y fundador: “Storytellers broaden our minds: engage, provoke, inspire, and ultimately, connect us.”[1] Porque son las historias “diferentes” de estos cineastas independientes las que tienen ese valor provocativo que finalmente inspirará, comprometerá y ayudará a conectar a su público engagé… Las razones prácticas por las que surge y se mantiene el festival son claras: ampliar la oferta a un público que ya está cansado de ver siempre las mismas películas, promover la producción independiente y crear oportunidades para los cineastas alejados del mercado oficial y a los que Hollywood no les permite la entrada. Las motivaciones son, por tanto, altruistas y provocadoras.[2] Sin embargo: ¿es esto cierto? Intentar contestar en este punto resultaría apresurado, obligando a una respuesta simplificadora y falsamente unívoca. Trataré de contestarla a lo largo de este artículo por obligar ésta a un atento análisis de diversos factores. Quedémonos, por el momento, con la certeza de la magnitud de la estela de Sundance, la cual ha ido ampliándose año tras año gracias a tantos otros festivales (supuestamente) independientes.

No obstante, se debe recordar que estamos ante un fenómeno no sólo característico del mundo del cine ya que el aumento tenaz e indiscriminado de propuestas que pueblan el mundo del arte tales como festivales, muestras, bienales, congresos especializados, encuentros, conferencias, etc., está relacionado de manera íntima con la exigencia de una oferta creciente, tanto en variedad como en número, de productos artísticos. El arte como producto cultural-turístico en esta nuestra “sociedad del espectáculo”, de cuyos males advirtiera Guy Debord, ha llegado a sus cotas más elevadas a finales del siglo XX e inicios del XXI. En el presente es innegable el increíble desarrollo que ha sufrido la informe “gestión cultural”, en la actualidad un lucrativo negocio en el que la mercancía no es sino el ocio institucionalizado de base “artística”. Es en este ámbito donde se sitúa una miríada de eventos que pueblan nuestro calendario cultural, en el que se dan la mano muestras de arte dramático clásico con espectáculos de videoarte, demostraciones de danzas tradicionales con documentales sobre ciencia, exposiciones del más ferviente arte contemporáneo indio con malabaristas de procedencia incierta… Notables son, igualmente, los maridajes entre la música como plato principal (con artistas reconocidos nacional o internacionalmente) y otras manifestaciones artísticas locales, celebrados por unos organizadores que los ven como fuente de ingresos segura y trampolín de salto a la fama de artistas locales o nacionales. Es este también el caso de los Festivales donde el cine es el eje temático y formal pues se recurre, cada vez más, a otras propuestas artísticas (con o sin un cierto nexo de unión) para completar la oferta y hacerla más deseable.

Podría resultar paradójico que, en un presente en el que está descendiendo de manera dramática la afluencia a las salas de cine a causa sobre todo de Internet, no hagan más que crecer los Festivales de cine. No se puede negar que vivimos un momento único en cuanto a las posibilidades de acceso a una variada muestra de producciones cinematográficas. Hace tan sólo unas décadas, la persona interesada en formarse en un cine apartado de lo comercial tenía muy limitados los recursos a su disposición. En el caso de disponer de fondos suficientes, quizás algún viaje a un festival reconocido le posibilitase colmar ciertas expectativas, y si a esto unía la asistencia a filmotecas, a cines minoritarios donde se mostraban las así llamadas películas de “arte y ensayo” o el recurso a cine-clubs especializados, a este cinéfilo se le permitía seguir con cierta constancia a determinados autores y filmografías. En aquella época quedaba en manos de críticos y personas especializadas en el medio la publicidad y la prioridad dada a unas obras en detrimento de otras, dinámica íntimamente ligada en muchos casos a tendencias elitistas y gremiales que creaba un mundo cerrado y relativamente manejable para el espectador cinéfilo. En la actualidad, las nuevas tecnologías y su uso democrático han hecho crecer de una manera nunca antes soñada las posibilidades de acceso a obras cinematográficas provenientes de los más recónditos lugares del planeta, así como a una literatura cinematográfica multiforme y dinámica en la red[3]. Esta utópica situación de acceso ilimitado a contenidos de una riqueza sorprendente tiene también su cara negativa. La oferta a la que estamos sometidos, desde la red y otros eventos culturales, crea un estado de sobrecarga, aspecto que dificulta el empleo consciente y meditado por parte del espectador. Es esta necesidad de guía y consejo que solicita el público con intereses artísticos o de ocio especializados la que pretenden colmar, en primer lugar, los festivales de cine especializados. Pero no sólo; a la anterior experiencia socializadora y corporativa de los considerados “amantes del cine”, se les ofrece también en estos macro-eventos en pleno crecimiento, una vivencia en la que su experiencia individual de visionado de filmes se ve completada por la posibilidad de entrar en contacto con otras personas interesadas en temas similares, asistir a talleres, actividades, conferencias y charlas con los creadores, a conciertos, etc. El festival de cine, por tanto y paradójicamente, se convierte en un lugar donde el objetivo inicial de ver películas en otro caso inaccesibles[4] se ve trascendido por la experiencia global en la que se embarcan sus participantes[5].

Partiendo de la premisa de que la programación se hace teniendo en cuenta semejantes consideraciones; ¿son estos festivales una oportunidad única para asistir a la proyección de determinadas películas en otro caso fuera de nuestro alcance?; ¿qué fiabilidad ofrece el acudir a estos eventos para ver películas situadas fuera del circuito de distribución habitual o del así llamado (con mucho cuidado) cine “independiente”?

Con todos los matices que iré añadiendo a continuación se puede afirmar que la inmensa mayoría de estos supuestos festivales especializados, catalogados en base a los criterios más dispares, se ha convertido en la enésima institucionalización de propuestas que, si en origen eran portadoras de una pretendida emancipación creativa o disidente ante el discurso institucionalizado de los medios de comunicación mayoritarios, es en la actualidad una de las vías de entrada indiscutible en el sistema de producción y distribución establecidos. Semejantes eventos sólo llenan, por tanto, un vacío cultural e intelectual de manera no problemática contribuyendo de forma plenamente efectiva al mantenimiento y preservación de la Institución Arte y su sistema de valores.

Del mismo modo; ¿es la proyección en uno de estos festivales lo que marca la diferencia entre una película tachada de “independiente” frente a una comercial? ¿es realmente tal la distancia entre ambas? El público que asiste a estos festivales, parte de un grupo de “iniciados” culturales está, mucho antes de entrar en la sala, predispuesto a disfrutar de la experiencia de una manera consensuada. El espectador medio, por su parte, sostiene erróneamente la creencia de que le faltan herramientas de análisis y acercamiento a las obras, presunción difundida por una cierta élite cultural interesada en crear espacios incomunicados y controlables para su fácil manejo. En éstos, esta misma “élite” cultural encargada de preservar el conjunto de valores institucionalizados por el poder, ve cómo se proyectan sus obras, previamente aceptadas por el mismo tipo de consumidores que ellos pretenden mantener. El debate deseable que ha de producir toda obra de valor artístico, caracterizada por cuestionar su propio contexto y portadora de valores morales y estéticos únicos, se torna imposible como punto de partida al encontrarnos de ordinario ante productos ligeramente diferentes a los designados como “comerciales” pero nunca arriesgados y siempre de fácil digestión. La leve dosis de propuestas  “antisistema” colma las expectativas de un público doblegado al espectáculo global al que tiene la suerte de asistir… Como consecuencia última nos encontramos con una audiencia a la  que lo que realmente interesa se reduce a una experiencia colectiva de socialización que escasea en nuestros días. Dentro de un confortable espacio compartido este grupo caracterizado por compartir una muy contemporánea mitomanía ligada a nuevas creencias y movimientos socio-culturales alternativos (festivales de música india o Indie, cine asiático…) ve perfeccionada su experiencia de ocio ”artístico”, alimento complementario imprescindible para el nutrimento del hombre contemporáneo.

A todo lo anterior se ha de añadir la realidad de un público profesional que asiste a muchos de estos festivales, en tantas ocasiones compuestos principalmente por cinéfilos, directores y estudiantes de cine, que se encuentran en ellos  “en el cielo”[6]. Existe, por esa razón, una preeminencia en la presencia del gremio profesional en estos eventos aunque la imagen externa que se quiere transmitir y por la que reúnen muchos de sus fondos de organismos e instituciones tanto públicas como privadas, sea la de una pretendida “promoción de la cultura” en una determinada ciudad, CCAA o país. Los conflictos reales entre el interés tantas veces puramente económico de organizadores y promotores, el cinéfilo de la audiencia de expertos y el lúdico del genérico de espectadores, ha llevado a crear toda una parafernalia circundante compuesta de conciertos, exposiciones y actividades de la más diversa índole, como apoyo a un evento que no tiene otra razón de ser más que ser lugar de encuentro patrocinado por las instituciones para los técnicos del gremio. El mundo del cine ha logrado crear unas estructuras, ahora que los Megaplex y las salas de cine especializadas decrecen, que reúnen a grandes cantidades de personas mientras mantienen al mundillo cinematográfico en movimiento de un festival a otro.

En cuanto al público no (tan) experto, la necesidad de socialización y de compartir una experiencia común por parte de sus participantes, unida a su supuesta independencia respecto al discurso mayoritario e institucionalizado, convierte a los festivales de cine “independientes” en lugares en crecimiento tanto en número como en consideración. Sin embargo, la paradoja es clara en cuanto crean un discurso que, aunque diferente al mayoritario y globalizado, sólo se opone al sistema de manera tangencial y defectuosa, al no llegar más que a un público de antemano entregado y con unas propuestas mucho menos efectivas de lo que creemos. Sus organizadores enfatizan este aspecto, conscientes de su importancia y crean, pretendiendo llenarlo, un espacio interesadamente vacío de una manera no problemática para el mantenimiento y preservación de la doctrina global de valores. Estamos ante la vieja regla de la publicidad del mundo de consumo organizado: crear una necesidad inexistente para poder colocar el nuevo producto. Tristemente, muchas de estas producciones son simplemente dignas de catalogar como productos culturales mediocres que, con mucha suerte, quizás lleguen as ser nombradas a pié de página en una historia del cine mundial contrastada. Mientras tanto, siguen demandándose cortos, documentales y largos de ficción a los que sólo ciertos “iniciados” en este mundo consiguen seguir el paso…

En el caso español se dan todas estas constantes apuntadas. Dejaremos a un lado ese gran conjunto formado por semanas, retrospectivas, ciclos, etc., de cine; eventos en los que no se estrenan obras, clásicos en sus programaciones y generalmente con función principalmente divulgativa y de ocio estándar. Si bien es cierto que cada uno de los festivales tiene un origen diferente, hay determinadas constantes en la dinámica de funcionamiento de éstos y en las similitudes de su público. Es preciso, llegados a este punto, establecer unas cuantas precisiones: no me estoy refiriendo tampoco a Festivales plenamente establecidos dentro del circuito de exhibición como son el Festival Internacional de Cine de Donosti/San Sebastián (59ª edición), el Festival Internacional de Cine de Xixón (48ª), el Festival Internacional de Cine Fantàstic de Catalunya, Sitges (44º) o el Festival de Málaga de Cine Español (14ª edición), este último considerablemente más joven pero notable por haberse centrado exclusivamente en el cine español e iberoamericano. Es este conjunto de certámenes, paralelos en su valor a los más importantes de otros países, el que sirve desde España como plataforma de despegue de productos que han sido realizados con una pretensión clara (tengan luego o no fortuna) de integrarse en el mercado de difusión cinematográfica, sea éste internacional o nacional. Sin embargo y constatando que cada película surge con la intención de ser vista por un público lo más amplio posible, ¿resultan verdaderamente efectivos a la hora de patrocinar determinadas obras? La cantidad de festivales es tal que las películas proyectadas sólo llegan a verse por parte del público elitista que acude y, con suerte, alguna de las obras premiadas tendrá difusión posterior si algún exhibidor está interesado o hay algún pacto previo añadido al galardón. La posibilidad de saltar a la fama y tener alguna oferta que permita a su director seguir dirigiendo o ser conocido más allá de su lugar de origen (para el caso de festivales que promocionan obras de otras latitudes) está aún por estudiar en detalle. El realizador, consciente de lo que cuesta llegar a terminar una película, suele someterse a ciertas exigencias previas esperadas en una película “del circuito de festivales” y éstas no son, generalmente, las demandadas por los profesionales de la cultura encargados de custodiar el correcto funcionamiento el sistema existente. De tal modo que estos festivales consiguen hábilmente mantener un cierto estado general en un público rendido de antemano, expuesto a películas que, salvo contadas excepciones, no son sino pequeñas variaciones con espíritu estetizado o exotizante de propuestas preexistentes y reaccionarias. Salvo geniales excepciones, el sistema de valores no se ve horadado, las cuestiones fundamentales del ser humano y del artista seguirán sin proponerse y el espectador ser verá, una vez más, sometido a un decepcionante bombardeo de películas insignificantes en su búsqueda de, al menos, una obra digna.

Existen, es obligado decirlo, excepciones notables en el mundo de los Festivales, fruto de iniciativas valientes y arriesgadas: me estoy refiriendo en España al Festival de Granada Cines del Sur (2010 su 4ª edición) y al Festival Internacional de cine africano de Tarifa, FCAT (este 2011 será su 8ª edición)[7]. La comprometida y rigurosa meticulosidad en su programación de cine , rellenando vacíos reales en la exhibición de obras de otras latitudes de incontestable valor, los sitúan en una posición privilegiada no exenta, de nuevo, de problemas. En ambos casos nos encontramos con similares planteamientos ideológicos y artísticos, razón por la que me centraré en el segundo debido a la importancia que ha venido adquiriendo a nivel mundial como espacio de visibilización de la producción cinematográfica africana contemporánea, de complicado acceso al público. Estamos, por tanto, ante otro tipo de festivales, plenamente justificados por su utilidad real a la hora de acercar este continente, su realidad y su cine al sur de Europa, a través de sus más conseguidas producciones audiovisuales, en su mayor parte las del África subsahariana. Como en otros casos, la programación del festival viene completada por actividades tales como charlas, seminarios especializados, talleres para niños y adultos, ruedas de prensa, jornadas profesionales… Original y comprometida resulta también la propuesta de llevar algunas de las películas proyectadas al norte africano, algo que se ha hecho en el pasado antes de la celebración del festival. Durante una semana, Tarifa, la ciudad más meridional de la Europa continental, acoge proyecciones de películas contemporáneas africanas, de inmensa calidad humana y artística; muestras de una realidad desconocida para la generalidad de Occidente. Pero su tarea de difusión y promoción del cine africano no termina ahí: durante todo el año y gracias al proyecto denominado “Cinenómada” se realizan exhibiciones frecuentes por toda la geografía española de un conjunto de obras, seleccionadas por las organizadoras del festival, que llevan a numerosos rincones peninsulares la cultura y el arte africanos. Esta antología fílmica forma parte de la apreciable filmoteca que la ONG Al-Tarab, organizadora del Festival de Tarifa, pone a disposición de público interesado e investigadores para ser consultado en su sede sevillana. La propuesta de Tarifa, de este modo y con esta proyección anual, trasciende los límites espaciales y temporales del Festival que, si bien ocasión única para profesionales y población local y nacional, logra una envergadura y alcance dignos de ser imitados por eventos semejantes.

Es evidente, a pesar del tremendismo del comienzo de mi artículo, que  existen casos como los ejemplos citados que se sirven del formato del festival hacer llegar al público obras de gran calidad. La necesidad de que estos festivales tengan comisarios y programadores comprometidos en el tiempo, con una idea clara de las obras que pretenden exhibir y que las hagan llegar a los espectadores sirviéndose de todas las herramientas a su disposición, es básico para que el Festival vuelva a tener como principal objetivo el acudir a ver películas y no la experiencia paralela de celebración social. Estas dos actividades están llamadas a convivir pero nunca una en detrimento de la otra. Es preciso, por tanto, una reflexión acerca de la operatividad de los proyectos y actividades explicativas en paralelo, el autoanálisis del público acerca de sus expectativas, una crítica profunda sobre el programa en su conjunto y su explicación a la audiencia… todo esto llevará a que los que asisten a estos festivales logren acercarse y conocer, de manera pausada y contrastada, sin empachos innecesarios de obras intrascendentes, cinematografías y autores seleccionados por su valía y no según criterios coyunturales o políticos. Se trata de una tarea larga y consciente, pero con unos resultados de lo más gratificante a largo plazo la cual proveerá a los espectadores de un conocimiento habilitador para enfrentarse de manera escrupulosa y consciente con las imágenes y sonidos que pueblan la cotidianeidad de nuestras vidas.


[1] Página del Festival de Sundance: http://www.sundance.org/ (última consulta: enero 2011).

[2] Estas son algunas aclaratorias frases de su creador en la rueda de prensa de presentación de la última edición (enero 2011): “Nobody votes for a new idea, it’s something you have to grind out yourself. You have to take it to the point of traction, where somebody sees what you’ve done, believes in it, and then might get lucky and get some support.” […] “The point is to show what’s out there. And create opportunities for the filmmakers, and for audiences to find that work. Wherever it goes is really some other people’s business.” http://www.sundance.org/stories/article/redford-opens-the-2011-festival/ (última consulta: enero 2011).

[3] Situación problemática para el crítico de cine tradicional: la reconocida revista neoyorquina Film Comment y otras revistas especializadas, entre ellas la versión española de Cahiers du Cinéma, se han ocupado en los últimos años de analizar esta realidad.

[4] Aunque en muchos casos sólo inaccesibles en ese momento ya que, tan pronto como las películas hayan recibido el beneplácito en la muestra, se podrán ver en otros espacios.

[5] Declaraciones de John Cooper (Director del Festival de Cine de Sundance) al respecto: “It´s going to be art outside, inside (…) performances… The artists are doing this new style of storytelling which is more installation based. It is very energizing…” Vídeo de presentación del festival “2011 Festival Kickoff Live@Sundance”, en http://www.sundance.org/videos/ (última consulta: enero 2011).

[6] Libertad Gills, “If Ecuador is the name of an imaginary land…”: The 8º Festival of Cine Cero Latitud, artículo recogido en la revista on-line australiana especializada en cine  Senses of cinema, nº 57, año 2010. http://www.sensesofcinema.com/2010/festival-reports/“if-ecuador-is-the-name-of-an-imaginary-line…-”-the-8th-festival-de-cine-cero-latitud/ (última consulta: enero 2011).

[7] Es obligado anotar que existe un gran peligro en la institucionalización de los Festivales de Cine Africano como única posibilidad de difusión de sus producciones ya que los directores de este continente sienten (de manera o no consciente) la necesidad de realizar obras que cubran unas expectativas determinadas del cinéfilo o el crítico occidentales, destinatarios últimos de sus obras. Férid Boughedir habla de “festivalidad”. Declaraciones recogidas en Mohamed Bamba, “Um cinema para festival”, CENA; Centro de Análise do Cinema e do Audiovisual, Brasil, 21/09/2010. http://www.cenacine.com.br/?p=5722 (última consulta: enero 2011).

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Esta entrada fue publicada en septiembre 18, 2011 por en Cine, ensayo y etiquetada con , .

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