AFRICAENCINE

Para los amantes del cine y la cultura africana…

La ciudad y el cine: una relación de espejos encontrados

El s.XX ha tenido dos hijos destacados: la ciudad y el cine, que han ido creciendo de la mano en un movimiento especular muestra de los cambios que se iban produciendo a lo largo de los años. La velocidad incesante, la actividad frenética y el ritmo vertiginoso de las metrópolis de los años 20 parecían cualidades adecuadas para ser representadas a través del nuevo y “móvil” instrumento cinematográfico surgiendo así las “sinfonías de ciudades” de los vanguardistas.Tras las experiencias de Lang, Eisenstein o Ruttman en el mudo, se produce una completa reformulación del sistema con el sonoro que limitará la movilidad de la cámara, la toma en exteriores y el interés por un personaje “sin voz” (el espacio urbano) que se creía representable tan sólo a través de imágenes. El cine narrativo posterior se ha limitado habitualmente a “atravesar” una ciudad que aparece como escenografía, punto de partida o causa del relato, siendo pocos los que han escapado a esta tendencia reduccionista. Aunque las novelas negras de Hammett y Chandler con innumerables descripciones urbanas (se dice que nadie ha retratado mejor San Francisco y Santa Mónica que ellos) parecían prestarse oportunamente a una representación de las metrópolis americanas de los 40 y 50 como verdaderos personajes cinematográficos, son pocos los casos en que se logró: La ciudad desnuda de Jules Dassin y La jungla de asfalto de John Huston son los más logrados. En esos mismos años los neorrealistas italianos salían a las calles para captar las terribles imágenes de ruinas, miseria y desamparo tras los bombardeos, evidenciando una de las realidades de la gran metrópolis contemporánea; el haber padecido y padecer guerras y conflictos. Roberto Rossellini dará el pistoletazo de salida a una producción unida a lo urbano como documento histórico y ejercicio de memoria. Tristemente, el huir de clichés e intentar buscar la verdadera esencia (visual y sonora) de la ciudad se complicaba en medio de una herencia cada vez mayor de imágenes convencionales que devolvían belleza paisajística y monumental más que confrontarse con un espacio donde se desarrolla la vida diaria (no turística) de sus moradores. La sinceridad de las tomas de De Sica, de las circenses, decandentes y oníricas de Fellini o las vacías y, en cierto modo, hedonistas de Antonioni son islas en medio de una producción tumultuosa de películas que crean ciudades como carteles publicitarios. En estos filmes el interés no reside en mostrar sino en “vender” promoviendo una idea previa que no se corresponde con la ciudad real y que actuará de cómodo fondo consolador evitando el vacío y el cuestionamiento.

En la actualidad, las películas de acción con persecuciones increíbles de coches estrellados (que nos dejan ver tan sólo la carrocería del modelo de turno y obligan a sufrir acústicamente choques y bocinas) ocultan la ciudad o la “atraviesan” y las cibernéticas creaciones de ciudades futuristas o imaginadas por/para los cómics suelen adolecer de un esteticismo vacuo y efectista que, sólo refugiándose en lo tenebroso y humeante, evitan mostrar con toda brillantez la artificialidad de sus decorados. El lugar común, el punto de referencia de cada ciudad (europea o americana) se impone haciéndonos olvidar el misticismo latente de espacios en transformación; cada uno con su personalidad profunda; lugar de encuentro, conflicto y transición entre un pasado y un presente que desean convivir en lugares más ocultos, retirados y, por eso, teñidos de la humanidad de lo íntimo y privado.

A pesar de ello, el cine ha sido capaz de establecer relaciones “sinceras” con ciertas ciudades. Acercarse a la París acuática de Jean Vigo, a la surrealista, musical y colorista de JacquesTatì o a la habitable en sus “no espacios” de Leos Carax; a la Nueva York de interiores de Jim Jarmush, a las “malas calles” de Martin Scorsese y a la intelectual y neurótica de Woody Allen; a la Tokyo doméstica de Ozu y al San Francisco “de vértigo” de Hitchcock… Cada uno ha intentado a su manera una relación entre el cine y la ciudad pero, paradigmática es, sin lugar a dudas, la que Wim Wenders (y su guionista fetiche Peter Hadke) establece con Berlín y otras ciudades a lo largo de su filmografía. La profunda reflexión en torno a la ciudad contemporánea (cinematográfica y arquitéctonica) deja entrever un posible camino de actuación para devolverle su imagen real que busca en espacios vacíos, en puntos negros que han quedado fuera de la planificación urbanística donde el ser humano “vive”, en esos rincones apartados llenos de recuerdos, donde los distintos tiempos anuncian un futuro incierto. La urbe no es estabilidad sino cambio y éste es el que se vive al necesitar experimentar la belleza del bullicio, dejándose arrastrar por los medios de transporte, en medio de empujones o en un embotellamiento. Se logra así el contacto humano con la arquitectura y la ciudad puede seguir su curso como protagonista de la historia.

El lenguaje del videoarte (gran desconocido en nuestro país pero lleno de posibilidades y propuestas interesantes) ligado a la experimentación vanguardista y heredero tanto del cine como de la televisión y la radio, considera a la ciudad como el lugar de “ver” por excelencia ; intenta mostrar la mutación histórica y social de la metrópolis mediante un “collage” de imágenes y sonidos líquidos en permanente mutación; se replantea el valor de determinados sonidos (el claxon o la sirena) en su sentido simbólico y realista como si fuese música sinfónica; trabaja el punto de vista “en profundidad de tiempo” como si de una mirada desdoblada entre pasado y presente se tratase… En fin, se ocupa de problemas que el cine no había tratado tan a fondo por estar preocupado en narrar una historia a la manera tradicional. Las obras de Chris Marker, Christian Boustani o Jem Cohen indagan en estos aspectos ofreciendo con sinceridad al espectador unas ciudades que recorren para sentir sus historias, conocer a sus habitantes o experimentar las vivencias que acumulan. Realizaciones sin par en la cinematografía  contemporánea a causa de las distintas calidades que ofrece uno y otro medio y a sus posibilidades de distribución más o menos comerciales. Cada uno a su modo deberá seguir en la búsqueda de un “sentir la ciudad” verdadero, sin tintes de autocomplacencia ni necesidad de neones luminosos.

Beatriz Leal Riesco

Publicado en:

CULTURAS nº 70, Suplemento de Artes y Letras

TRIBUNA de SALAMANCA

Domingo, 16 de abril de 2006

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Esta entrada fue publicada en septiembre 18, 2011 por en Cine y etiquetada con , , , , , , .

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