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Cine, music

KINSHASA SYMPHONY y LA VIE EST BELLE; treinta años de música y cine en la metrópolis congoleña.

La música congoleña ha mantenido desde la época colonial reputación y reconocimiento mundiales, inundando las estaciones de radio a través de creaciones propias o ajenas influidas por sus ritmos y estilos musicales. No es este el lugar para repasar la notable cantidad de directores africanos que han comenzado su andar en el mundo del cine a través de cortos o largometrajes tanto de ficción como documental que se ocupan de manera central de la realidad musical de sus comunidades o países de origen. Puntualicemos, sin embargo, que es una evidencia a voces que la música sigue siendo un valor seguro para atraer a una audiencia amplificada por las nuevas tecnologías y guiada por la novedad. A través de un lenguaje que usa en buena medida lo emocional para conectar con su público y gracias a su abstracción puede llegar a eludir temas difíciles sobre representación, identidad, ideología, o realidades político-sociales y económicas que otras manifestaciones artísticas son incapaces de obviar. La revolución de la World Music en los ochenta y su progresiva comercialización por multinacionales una década después, ha contribuido a la difusión de ritmos y tradiciones musicales populares más allá de sus fronteras, logrando instalar a la música de raíces africanas en una posición central opuesta al discurso miserabilista que desde los Media se trasmite aún hoy día del continente. El maltrato constante de una realidad multiforme, rica y compleja como la africana ha sido combatida por músicos y cineastas, algunos de los cuales han optado por alinearse con los primeros para ampliar y deconstruir el aglomerado de imágenes afropesimistas dominantes.

Desde que Mweze Ngangura rodara en Kinshasa La vie est belle (1987) hasta la sensación de la pasada temporada del circuito cinematográfico entregado al cine africano, Kinshasa Symphony (Claus Wischmann y Martin Baer, 2010), han pasado más de tres décadas. En este lapsus han cambiado los nombres de los artistas de moda, las tendencias y estilos musicales, pero no ha decrecido ni un ápice la dinámica producción musical de la República Democrática del Congo (RDC). La galopante emigración del campo a la ciudad por motivos económicos o huyendo de conflictos étnicos en otras zonas han convertido a su capital en una caótica urbe que, unida a su vecina Brazzaville de la otra orilla del río Congo, conforma la tercera conurbación más grande de África tras el Cairo y Lagos, con una población de más de 10 millones de habitantes y amplias desigualdades sociales. Kinshasa es un centro artístico vibrante, con instituciones referenciales en la zona como el Instituto Nacional de las Artes (INA) y una miríada de artistas y críticos trabajando en todas las disciplinas, los cuales se han erigido como portavoces indiscutibles en el panorama regional e internacional.

En ambas películas Kinshasa es protagonista indiscutible, si bien las estrategias comunicativas y discursivas empleadas resultan opuestas, fruto de un contexto cultural, artístico e histórico-social específico, y de las propias expectativas y objetivos individuales de sus creadores. El cineasta congoleño más internacional, Mweze Ngangura (RDC, 1950) y después de varios cortos documentales preparatorios, pudo dar el ansiado salto al largometraje de ficción con la que ha sido considerada la primera comedia musical africana: La vie est belle (no confundir con la de Benigni). Para obtener la confianza y el apoyo financiero de promotores tuvo que optar por la coproducción entre Congo, Bélgica y Francia, y la codirección con el belga Benoît Lamy, el que fuera su profesor en la AID de Bruselas en los años 70, momento en el que emigró para estudiar los rudimentos de su pasión: el cine. Consciente de las posibilidades de distribución y recepción ligadas a la música congoleña y a su súper estrella Papa Wemba, decidió servirse del mismo como actor protagonista y compositor de parte de la banda sonora de su película. Esta sencilla historia de un músico rural que se traslada a la ciudad en busca de éxito y de las peripecias tragicómicas por las que ha de pasar hasta conseguirlo, permiten a Ngangura tratar temas locales como la poligamia, la brujería, las relaciones de género, las condiciones de vida de desigualdad creciente entre clases sociales, el ascenso de la industria del espectáculo, y el comercio informal, entre otras. Haciendo deambular a sus protagonistas de las zonas más deprimidas a las casas de la nueva burguesía indígena, pasando por sus lugares de ocio y sus espacios de trabajo, consigue un acertado panóptico de la capital. Su éxito fue rotundo entre el público internacional y el autóctono, recibiendo 20 premios en notables festivales internacionales (entre otros, el Etalon de Yennenga en Fespaco 1999) y siendo reconocida por la crítica. La motivación, declara su autor, surgió de una reflexión personal cuando ejercía de profesor de análisis fílmico en la INA de Kinshasa, al ver que no existían apenas películas realizadas por congoleños (y por extensión: africanos) que divirtiesen al público indígena. La tendencia seguida por otros directores como Med Hondo, Souleymane Cissé u Ousmane Sembene (con matices), los cuales realizaban un cine para despertar conciencias y educar a sus conciudadanos, olvida un aspecto fundamental como es el conectar con el público local y entretenerlo, hacerle reír y disfrutar con sus propias historias. La desconexión entre las películas africanas y su público; la realidad de un cine de “festivalidad” de grandes auteurs destinado en primer lugar a los cinéfilos occidentales; el neocolonialismo mantenido a través de la coproducción y la asistencia desde el 1º Mundo a la producción africana que se refleja en temas y estilos; y la falta de una estructura industrial cinematográfica en suelo africano, han sido todos factores determinantes a la hora de crear una distancia entre el cineasta y su público. Es éste sin duda el reto más importante al que se enfrentan directores y productores africanos, y ante el que Nollywood ha dado una respuesta propia específica, la cual viene provocando caluroso debate y reflexión en todo el continente. Con este objetivo en mente, Mweze emplea, por una lado, la comedia con su mayor libertad a la hora de superar la censura gubernamental y, por otro, la música, beneficiándose del Star System existente con personajes tan reconocidos como Papa Wemba, Pépé Kallé, Marie Misamu o Wazewka. Son éstas las dos herramientas principales de una película que se convierte en un espejo sobre África para el público africano. Hundiéndose en las raíces del teatro popular congoleño adorado por los jóvenes y la riqueza de su tradición musical, desfilan en la pantalla un plantel de personajes-tipo, situaciones rocambolescas tiernas en su ingenuidad y gags visuales excesivos, los cuales consiguen arrancar todavía a hoy más de una carcajada.

La razón que llevó a los alemanes Claus Wichsmann y Martin Baer a dirigirse a la Kinshasa del siglo XXI es, según sus propias palabras: “ofrecer una imagen nueva del Congo”. Motivación por ende internacional y no local como la de Ngangura, pues el destinatario de esta coproducción de paternidad germana es, no cabe duda, el público occidental y los festivales internacionales tan de moda. La colaboración entre Claus Wischmann, autor de más de 40 guiones de televisión sobre música clásica y Martin Baer, operador de cámara del proyecto y durante años enamorado de África, hizo posible esta película documental alemana que es Kinshasa Symphony (2010). Con la ayuda de un coro humano entregado, un montaje rápido y una sucesión de escenarios y localizaciones urbanas que no caen en la contemplación distanciadora, el espectador llegará a conocer la dinámica de funcionamiento de la Orquesta Sinfónica de Kinshasa, microcosmos que sirve para retratar el presente vivo y orgánico de la metrópolis congoleña y sus habitantes. La que es la única orquesta centroafricana hasta la fecha fue creada en 1994 por  su director Armand Diangienda, piloto de formación en paro y nieto del fundador de la iglesia kimganguista, quien ha contado con la ayuda de Albert Matubanza para hacerla funcionar. A causa de la imposibilidad de adquirir instrumentos nuevos, Albert se convirtió en constructor improvisado de instrumentos y se vio forzado a aprender sobre la marcha el oficio para proveer convenientemente a la formación; una dedicación que es hoy su vida.

La Orquesta Sinfónica de Kinshasa es una agrupación amateur muy variada que se  insiere en el caos de la metrópolis y encuentra inspiración en autores como Haendel, Beethoven, Mozart o Verdi para trascender y/o comprender la realidad local con sus penurias, alegrías y contradicciones. Kinshasa, ciudad en constante movimiento y ejemplo paradigmático de un crecimiento urbano africano de fechas recientes, es el hogar de 200 músicos que buscan refugio en esta orquesta sinfónica, “la única del mundo formada íntegramente por negros”, según uno de sus integrantes.  La estrategia para presentar el conjunto musical al espectar son las historias seleccionadas de algunos de sus miembros: un tenor joven que intenta atraer a la música clásica a unos amigos más interesados por el rap; un violinista autodidacta que explica desde una cadena de televisión local qué es una “octava” para pasar a continuación a tocar un fragmento ante el asombrado público; la flautista Nathalie Bahati y la violinista Joséphine Nsima, ambas madres devotas y trabajadoras que le roban horas al sueño para ensayar y dar de comer a sus hijos; Joseph Masunda, un electricista, violinista y peluquero encargado de que los ensayos no se vean interrumpidos en exceso por los cortes de electricidad; una joven del coro que lucha contra la tendencia natural de su compañera de piso de ver programas de entretenimiento extranjeros en la tele para poder ensayar y que sólo se siente “completa” al cantar con la orquesta…

La singularidad de la orquesta y la humanidad de las historias personales de sus protagonistas, que sin embargo no ahondan en mayores complejidades analíticas, son un cóctel que funciona a la perfección para lograr la respuesta emocional y la aceptación del público internacional. Gracias a la humanidad y simplicidad de lo presentado y con la Novena de Beethoven omnipresente durante todo el metraje, sus directores consiguen el objetivo de dar a conocer un “nuevo Congo”, al que esperemos sigan en el futuro otras propuestas que construyan un retrato más completo y profundo del mismo.

Habituados desde Occidente a asimilar y analizar músicas que nos son ajenas con nuestras propias herramientas teóricas (consideradas por muchos como únicas), este documental de factura tradicional ha conseguido, sin embargo, dar la vuelta a la tendencia mostrando la recepción de la música clásica en Kinshasa, ciudad de vibrante producción musical local, donde cada día se han de reinventar músicos e instrumentos para seguir adelante. Se demuestra así que el diálogo es el único camino posible en pos de la riqueza y creatividad que hace de la comunicación entre seres humanos un arma indiscutible de lucha para derribar ideas monolíticas, enfrentarse a inmovilismos ideológicos y acabar con los dañinos circuitos cerrados de difusión y recepción de la cultura.

Beatriz Leal Riesco

Philadelphia (10/12/2011)

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Acerca de beatrizlealriesco

Contemporary Art and Film critic, freelance curator, and lecturer. Master in Contemporary Art, University of Salamanca, with a Fellowship in La Scuola Normale Superiore, Pisa. In addition to organizing numerous conferences on contemporary Danish, Czech, and African cinemas, I have published and lectured widely on such themes as the concept of authorship, film consumption and reception, film festivals, and Third World cinemas. My current research focuses on the subversive use of comedy in film, music in African films, and on the new wave of Italian filmmakers. I write for Rebelión, Africa is a Country, GuinGuinBali, Okayafrica, among other papers and magazines, and I'm a consultant for the New York African Film Festival in New York.

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