AFRICAENCINE

Para los amantes del cine y la cultura africana…

WILLIAM KENTRIDGE: OTHER FACES. Modernidad africana desde Johannesburgo.

Marian Goodman Gallery, NY. 6 de Mayo– 18 de Junio, 2011

Si existe en la actualidad un artista del continente africano aclamado internacionalmente, reconocible y con un lenguaje marcado por una personalidad individual, es el sudafricano William Kentridge. Habitual en bienales, exposiciones monográficas y catálogos de los grandes museos, amén de asiduo protagonista a premios, conmemoraciones diversas y doctorados honoríficos, Kentridge nació en Johannesburgo en 1955, en un clima convulso donde el apartheid marcaba fuertes límites entre opositores y partidarios al régimen totalitario racista gobernante.

Su crecimiento en el seno de una familia de origen europeo y amplia formación cultural, entregada a la lucha en pro de la igualdad y los derechos humanos de toda la población, fue sin duda determinante para forjar el característico espíritu crítico y la posición negociadora y combativa, en lo artístico y en lo vital, del autor. Situado a caballo entre dos mundos escindidos -Occidente y África- y prescindiendo de los tres estadios en la evolución de los intelectuales de Fanon[1] –asimilación, negación y combate-, Kentridge llega al cuestionamiento revolucionario y activo a través del estudio detallado de la tradición occidental, estableciendo un diálogo desde Sudáfrica alejado de luchas dicotómicas y panfletarias de épocas que deberían haber sido superadas mucho tiempo atrás. Su vida y producción están en consonancia con la exigencia que Achille Mbembe hace a los artistas a través de su concepto “afropolitanismo”; una modernidad actualizada desde África y la cultura transnacional que la conforma, con características propias y distintivas y en la que artistas e intelectuales tienen un rol destacado.

En línea con lo expuesto por el pensador e historiador camerunés en su último libro Sortir de la grande Nuit. Essai pur l’Afrique décolonisée (2010), es necesaria una mezcla de utopía y pragmatismo en las nuevas propuestas, guiadas por los creadores de las que una nueva sociedad civil será depositaria y transmisora. La utopía preconizada por pensadores y artistas africanos previos se convierte en real a través del acento en el lenguaje artístico y la imaginación de sus creadores, al plantear un futuro en el que África será uno de los protagonistas, reconstituyéndose como fuerza en sí misma. Se trata, este “afropolitanismo”[2], de una modernidad desconocida, fruto de la realidad contemporánea africana urbana que, anteriormente en Dakar, Abidjan y Nairobi, y ahora en Johannesburgo, “se nutre en la base de múltiples herencias raciales, de una economía vibrante, de una democracia liberal, de una cultura de la consumación que participa directamente de los flujos de la globalización. Aquí estamos en el proceso de crear una ética de la tolerancia susceptible de reanimar la creatividad estética y cultural africana”.

Kentridge, a pesar de sus quejas al provincialismo de Johannesburgo, ha permanecido fiel toda su vida a esta ciudad en la que sigue residiendo en la actualidad, y desde la que ha mantenido una conversación dialéctica con Occidente; necesidad derivada de sus reflexiones sopesadas y de un contexto en cambio constante. El análisis de la realidad contemporánea sudafricana es el tema que planea sobre toda su obra, producción rica y pluridisciplinar, que experimenta con diversos medios y lenguajes artísticos, y caracterizada por su virtud de crear asociaciones y reflexiones derivadas de su cariz orgánico y fuertemente intertextual. Al igual que la urbe crece estableciendo relaciones entre sus moradores, espacios e instancias mentales, sociales, espirituales, históricas y económicas, las obras de Kentridge van construyendo(se) en la percepción del espectador como resultado de su calibrada ponderación a la hora de emplear determinados recursos estéticos. Se crea así en el receptor un lugar mental de reflexión donde las percepciones visuales y auditivas dan lugar a juicios e ideas fruto de una sentida toma de conciencia revelada en sus obras. La sintonía de su trayectoria personal con la historia sudafricana y el ser humano contemporáneo, enfrentado a los cambios del siglo pasado y a las revisiones críticas del presente, lo hace un vocero y pensador destacado de nuestra época.

Hijo de una familia comprometida en la lucha anti-apartheid, Kentridge se formó primero en su país en Ciencias políticas y Estudios africanos (Universidad de Witwatersrand) sin desentenderse de lo artístico, pasión que más tarde le llevaría a perseguir su carrera de actor en Francia en la École International de Théâtre Jacques Lecop en París, donde estudiaría mimo y teatro y se daría cuenta de que su camino era ser artista plástico. De regreso en casa empezaría a abrirse camino como director artístico para teatro y televisión, de manera destacada desde la fundación de la compañía Handspring Puppet Company (fundada en Cape Town en 1981 y en funcionamiento en la actualidad[3]) con quienes ha venido colaborando para gran provecho de ambas partes. Su formación teatral inicial le ha llevado a depurar e investigar la puesta en escena como director artístico, siendo la creación de decorados únicos uno de sus grandes logros[4], cualidad por la que ha trabajado en montajes de Ópera, entre cuyas producciones más recientes encontramos La Flauta Mágica  de Mozart para La Scala de Milán hace apenas dos meses (March 20 – April 3, 2011) así como la reconocida The Nose de Shostakovich para la Metropolitan Opera de NY, en coproducción con el Festival d’Aix-en –Provence y la Ópera National de Lyon, Francia.

Es la suya una trayectoria dilatada en el tiempo y centrada en las artes performativas. La obra estrenada en NYC el mes pasado forma parte de su serie más famosa titulada Drawings for Projection, 10 “cortos de animación” que van desde 1989 a 2011: Johannesburg, 2nd Greatest City after Paris (1989), Monument (1990), Mine (1991), Obesity & Growing Old (1991), Felix in Exile (1994), History of the Main Complaint (1996), Weighing and Wanting (1998), Stereoscope (1999), Tide Table (2003) and Other Faces (2011).

La técnica empleada es sencilla: filmación en 35 mm de dibujos realizados en carboncillo sobre papel, borrando y volviendo a dibujar sobre el mismo soporte hasta llegar a desgastarlo, romperlo y sobre el que, en ocasiones, ha de colocar un papel nuevo como último recurso…. Las interrupciones, los saltos y remplazamientos, son todos mecanismos de una premeditada discontinuidad que se enfatiza a través del montaje. En realidad, estos “dibujos para ser proyectados” no son sino cortos de animación, a pesar de que el autor lo intente negar a través de una nomenclatura diferenciadora[5], debida en buena parte a la escasa valoración que todavía siguen teniendo en el ámbito del “high art”[6]. Con ninguna otra obra logra Kentridge transmitir su mensaje de una manera tan directa aunque nunca explícita, cargando la narración de interpretaciones posibles que se entregan a un lector atento, formado y forjado en la visión de las obras previas del autor así como en la tradición artística occidental y africana, historias ambas íntimamente conectadas; la una necesitada y nutrida por la otra desde ya antes de la época colonial[7].

La Galería Marian Goodman de Manhattan ha presentado en mayo en primicia mundial la última hasta la fecha obra de esta serie (Other Faces) en un espacio diáfano e industrial, generoso en su amplitud para el disfrute del espectador entendido y seguidor de la obra. Optando por situar en el centro de la muestra la pieza final filmada, se dedican espacios adyacentes a algunos de los dibujos en papel. La galerista y el artista afirman de este modo cómo el aspecto de desarrollo en el tiempo de la obra de arte (work in progress) es cada vez más importante, así como más beneficioso económicamente para ambos, visto que cada dibujo está a la venta por una suma nada despreciable de seis cifras. Relacionada con esta autonomía de cada fase de creación, se ha de marcar la importancia otorgada a los saltos y transiciones formales en la obra, que el espectador carga de significado, remitiéndonos al trabajo en colaboración con su compositor (Philip Miller) y su montadora (Catherine Meyburgh) habituales. De la mano del ambiente musical y sonoro dramático, el montaje es la batuta que guía la obra. Si hemos de buscar diferencias o una (en tantas ocasiones) ficticia evolución en la producción del artista, las anteriores obras de esta serie animada se mantienen más clásicas en sus transiciones formales, así como en la narración y en el propio lenguaje visual, que se mantenía conservador en su experimentalidad vanguardista. Las sinfonías visuales abstractas de Viking Eggeling y Hans Richter, la fundacional conmemoración urbana que es BERLÍN: Sinfonía de la gran ciudad (BERLIN: die Sinfonie der Grosstadt, 1927), de Walter Ruttman, así como otras obras de los compañeros de las vanguardias históricas que tendrían múltiples seguidores durante toda la historia del cine, encuentran en Kentridge un firme partidario y recuperador de las posibilidades pictóricas del retrato de la ciudad, aspecto menospreciado a través de los años y motivado por las capas que la historia ha ido superponiendo en el mundo del arte entregadas a mayores excesos y espectacularización. El callejón sin salida en el que se encontró en la década de 1920 este “arte autónomo para el pueblo” ha sido profundizado por Kentridge a través de sus litografías, sus montajes teatrales y, de manera privilegiada, en estos “drawings for projection”. La mezcla de figuración y abstracción compone un mundo de proyecciones en perpetua construcción, espacio temporal en el que el dinamismo se muestra en todos sus matices con la intención de crear un estado de alerta consciente y meditativo en el espectador: la reflexión parte de la forma para llegar a un contenido que se desviste ante unos ojos y oídos atentos. Este dinamismo crítico de sus dibujos, construido durante décadas, lo sitúa en relación con la ola del cómic expresionista de su país, en un continuo movimiento dialógico como voceros de la realidad urbana de Sudáfrica en las últimas décadas.

En Other Faces los protagonistas son, una vez más, Soho Eckstein, empresario y promotor inmobiliario, su mujer y su opuesto; Félix, poeta, amante y ser humano vitalista no corrompido por el dinero que fluye del capitalismo deshumanizado. Se incluyen caras nuevas (la esfinge de su serie en el Louvre sobre Egipto de manera destacada[8], otras imágenes de la ciudad…), (auto)citaciones originales y encuentros desde la memoria individual y colectiva, proceso en el que está inmersa Sudáfrica con sus habitantes desde hace años, en un ambiente de xenofobia y rabia manifiestos a través de la violencia. Este valor de la memoria en la revisión de un pasado escindido entre grupos humanos y la posibilidad del perdón o el entendimiento, son fundamentales en un país donde la violencia es la realidad imperante y las venganzas por los crímenes pasados y presentes una lacra diaria (tal y como Coetzee y tantos otros han venido analizando). Son estos algunos de los leitmotivs que se encuentran en esta pieza, aunque el proceso de lectura e interpretación nos obliga a ir más allá. A través de sus personajes, Kentridge investiga las profundidades del ser humano, sus contradicciones, sus reacciones ante los elementos externos, el peso de la memoria emocional y de la propia historia individual y colectiva así como el sentimiento de pertenencia y la necesidad de reevaluar ideas preconcebidas que lleven al cambio.

Su reflexión práctica sobre el montaje teatral y el recurso a “puppets”, habitualmente mucho más “humanos” que sus referentes, continúan en esta línea revolucionaria y vanguardista que supusieron la autores y teóricos teatrales como Artaud y su teatro de la crueldad, Brecht, o Kantor y su Teatro de la muerte, entre otros; maestros y referentes. El concepto de ensamblaje que caracteriza la idea de “reciclaje” aplicada al arte es hoy lugar común para analizar el arte contemporáneo africano, aspecto enfatizado en exceso por una crítica de herencias poscoloniales y postmodernas obsesionadas por el mestizaje y la hibridación, e incapaces de proponer más enjundiosas interpretaciones. Sin embargo, se ha de valorar el esfuerzo por otorgar una seña de identidad al arte africano gracias a las cada vez más frecuentes exposiciones internacionales y el patrimonio textual que producen. Kentridge junta y reutiliza materiales encontrados y los pone en contacto con sus principales elementos de trabajo:  el papel, el carboncillo y el bolígrafo. Son todos ellos elementos baratos, pobres, faltos de pretensión y accesibles a cualquiera,  aspectos distintivos que ligados a la técnica sencilla del borrado, se llenan de referencias a una historia del ser humano a lo largo de los tiempos. En manos de Kentridge, esta técnica del reciclaje no es sino un paso más en el uso moderno del objeto no artístico (objet trouvé) transmutado en obra de arte a través del gesto de su creador tal como preconizara cien años ha Marcel Duchamp.

El uso de materiales cargados de sentido artístico-formal evidente, que llaman la atención sobre sí mismos y su historia previa (el carboncillo remite a estudios, primeros pasos, momentos de creación y búsqueda del artista) así lo atestiguan. La reflexión sobre la técnica al servicio del hombre y la reivindicación del arte moderno como una de las posibilidades para sobrevivir a los terribles acontecimientos de la historia contemporánea subyace asimismo en la elección del 35 mm. A pesar de las facilidades económicas y técnicas del formato video y del digital, el medio cinematográfico alude con fuerza a las contradicciones del siglo XX a través del arte. El celuloide, hoy en decadencia, es depositario y paradigma de la historia reciente, en la que el cine dio la mano al colonialismo, a las luchas por la independencia y al dominio y control ejercido en África a través de las imágenes. El cine y la fotografía conforman un lugar donde, a través de la memoria, se produce la negociación y construcción identitaria, al ser espacios privilegiados donde se manifiestan las dinámicas de poder y actuación del individuo y la colectividad. El papel que el arte y la creación están llamados a jugar en todo ello, partiendo del compromiso ético y estético del autor en la línea citada de Mbembe, representa uno de los rasgos distintivos de la poética de Kentridge.

William Kentridge, un autor moderno trabando desde la convulsa y sugerente contemporaneidad urbana de Sudáfrica, vuelve a proponer un espacio de reflexión a través de la visibilización de nuevas caras (temporales, espaciales, humanas) de su ciudad. La continuidad en temática, forma y estilo de su serie más famosa de la que esta reciente obra forma parte, le permiten analizar los retos pasados, presentes y futuros a los que se enfrenta Sudáfrica de una manera destacada dentro de ese “afropolitanismo” reformador y moderno por el que aboga Mbembe, entendido como “una estilística, una estética y una cierta poética del mundo”[9], paso imprescindible para que se produzca un cambio en el continente.

 


[1] Frantz Fanon, The Wretched of the Earth (1961, 1ª edición).

[2] Achille Mbembe, “Afropolitanism”, en el número 66 de Africultures, 1º semestre 2006, publicado previamente online en diciembre de 2005. Última consulta: 20/04/2011. En  http://www.africultures.com/php/index.php?nav=article&no=4248&texte_recherche=4248 [Traducción de la autora].

[3] En la actualidad está en la escena del Lincoln Center de NYC su espectáculo su War Horse, nominado a varios premios Tony.

[4] La constante investigación sobre la cuarta pared y cómo derrumbarla, lo cual varía la posición del espectador y la relación del autor con obra y público; todas investigaciones características del arte teatral del siglo XX.

[5] El autor evita tales denominaciones como “animación” o “cartoon”, de poca valoración en la Institución Arte y crea una nueva nomenclatura, lo que le sirve para legitimar su técnica como arte mayor a la vez que sitúa sus producciones en reconocidos espacios de exhibición de arte contemporáneo.

[6] Ello a pesar del aumento de la producción de películas de animación en fechas recientes, lo que parece estar cambiando la opinión generalizada sobre este género cinematográfico como dedicado, prioritariamente, a los más pequeños. El pistoletazo de salida lo dio la factoría Disney en 1995 con Toy Story, a través de su subsidiaria Pixar, especializada en animación por ordenador y que se ha mostrado especialmente prolífica en el medio, creando un espacio singularizado para sus producciones dirigidas a una público diversificado.

[7] La relación entre industrialización, modernidad y colonización ha sido repetida hasta la saciedad, aunque no por ello ha de ser desestimada en su valor histórico-conceptual.

[8] Nos estamos refiriendo a la exposición Carnets d’Egypte, en el Museo del Louvre, Paris (2010). Kentridge exploró el Antiguo Egipto así como las campañas de Napoléon (s. XVIII) a través de dibujos y filmes en su línea habitual, estableciendo un diálogo con la colección permanente del museo.

[9] Achille Mbembe, “Afropolitanism”, en el número 66 de Africultures, 1º semestre 2006, publicado previamente online en diciembre de 2005. Última consulta: 20/04/2011. En  http://www.africultures.com/php/index.php?nav=article&no=4248&texte_recherche=4248 [Traducción de la autora].

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en septiembre 18, 2011 por en Arte y etiquetada con , , , , , .

No sólo cine africano; cultura, música, arte, literatura y cine, mucho cine…

Categorías / Categories

Archivo / Archive

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 43 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: